martes, octubre 30

Ichi, los encuentros y el destino

Hoy martes, como una de esas cosas simbólicas que a una la dejan pensando largo, me encontré con Ichi. Para quienes no hayan revisado las primeras entradas, Ichi era la entonces socia del Bar Mi Habana en donde comenzó El Cuento de los Martes.

Ella estaba radiante, a pesar de un extraño y novedoso cuello ortopédico que la obligaba a centrar la visión en su interlocutor. Una lesión – me dijo – la tuve hace años y con ciertos ejercicios me lastimo. De pronto sentí el contexto, estábamos en la Escuela de Bellas Artes de la Universidad. Me sentí feliz de saberla de vuelta a sus quimeras, a las añoranzas de los tiempos en los que soñaban con reinventar el mundo. Claro que ya no hay Oveja Negra, teatro de calle, Brigada Muralista o música de trova llenando los ambientes, pero ahí estaba mi hermana Vielka dictando clases en un aula, Eduardo Irving y otros rostros familiares, y entendía que de alguna manera ellos – la generación de los setenta – siguen luchando por un Panamá bueno para los panameños.

No sé si el destino, como aquella noche del año 2003 me tenga reservado alguna misión en la que no haya pensado. Sé que a veces también dejo pasar las oportunidades de actuar, se que a veces la vida me tiene que llegar por el costado, pero hoy me queda la extraña sensación de que algo ocurrió entre el mediodía y esta hora en la que escribo.

martes, octubre 23

Cuentos en Pantalla

El mundo de la televisión es una berraquera. Mientras que uno puede asumir ser leído aunque no se vendan mucho ciertos libros, mientras que el mundo de la literatura toma su tiempo y al final es un asunto elitista, un programa de televisión, una película, un documental son juzgados sin pretensiones y casi de inmediato.

Contar un cuento en pantalla tiene otra dinámica. El publico elige y los costos son altos. El tiempo no transcurre igual en televisión. Tu "lector" no va a perdonarte revisando el párrafo anterior. Te apaga si te falta... o si te sobra.

martes, octubre 16

27 Libros de Cuento

¡Ras! - como diría una gente que conozco - así es que en la categoría cuento del Concurso Miró participaron 27 libros de cuento y el jurado lo declaró desierto. Eso sí que es un asunto en el que pensar. Jamás se me hubiera ocurrido que pudiera suceder. Dicen que ninguno reunía las características del cuento contemporáneo. Suena raro.

¿Lenguaje y longitud del siglo pasado? Ahí la cosa se pone ambigua. No sé ni que pensar. Me asusta que un panameño no pueda producir buenos cuentos. Nosotros tan gestuales, tan exagerados, tan enfáticos. Me asusta el fallo. Ahora que me empezaba a meter en esto de escribir cuentos se me está a punto de retraer el musculo del cuentista.

¿Podremos salvarnos?

martes, octubre 9

La Teoría del Vacío

Mi querida Tatiana me manda desde Guatemala un forward de esos "interesantes" con esto de la teoría del vacío, poniéndome a pensar un poco cuántas cosas acumulo por esa manía de conservar. Recolecto y guardo hasta casi no tener espacio para recibir nuevas cosas, y eso incluye pleitos, amores y miedos.

Precisamente hoy me estaba lamentando de haber prestado mi libro de cuentos "La Plaza de los Poetas", del escritor hondureño Alvaro Cálix. Luego me pregunté ¿para qué agregarlo a la torre que se levanta sobre la mesita de noche? Eso no sería lo peor, sino relegarlo al librero del pasillo, ese que sólo vuelve a la vida cuando queremos citar a un autor, revisar un texto que aparece fantasmagóricamente en el recuerdo, y para enseñarle a cualquier incauto la colección de publicaciones de tal o cual. Si soy injusta lo dejo ahí. Si no, lo presto, lo regalo o lo devuelvo a la mesita de noche para volverlo a querer.

Tony me pregunta -tal vez con cierta alevosía- cuántos libros he vuelto a leer (sin contar los de poesía, porque hay unos que seguramente retomé unas quince veces como los de Chuchú y los de Orestes Nieto), y yo no le contesto porque me parece odioso recordarme la inconsistencia.

martes, octubre 2

Taller de Cuentos

El martes pasado empecé a tomar un taller de cuentos con la escritora panameña Consuelo Tomás. Tengo algunos cuentos atravesados en el cuaderno de apuntes, en las diversas computadoras que me tomo por asalto y hasta en los sobres en los que viene el recibo del teléfono. La traba estaba en el conflicto. Allí es que se me enredó la cosa como una bola de pelos. Me toca limpiar los cuentos y separar las historias. Si no lo hago, los cuentos van a terminar ahí donde están.

Pero la cosa con el taller de Consuelo tiene que terminar en un cuento. El mío se llama Tragamonedas. Mi jubilada se ve forzada a abandonar el barrio de San Francisco por la irrupción de un edificio de 40 pisos detrás de su casita. Aburrida por su nueva condición de invitada en casa de su hija, empieza a salir todas las semanas al centro comercial en donde cerca del supermercado se encuentra un casino popular. Ella no se percata de que se ha enviciado hasta que su nieta la encuentra pidiéndo limosnas para completar su pasaje de regreso a casa, el cual ha perdido repetidas veces por esa última oportunidad que le quiere dar a la tragamonedas para que la haga felíz.

Me dan ganas de ponerla a salir los martes, para que la salidita sea...su cuento de los martes.