martes, 17 de marzo de 2015

De pájaros polacos y jardín egipcio.


- Es una pajarera
- ¿Una pajarera?
- Sí
- ¿Y para qué sirve?
Hervé Joncour mantenía los ojos fijos en aquellos dibujos.
- Se llenan de pájaros, todos los que se pueda, y después, un día en el que suceda algo feliz, se abren sus puertas de par en par y se mira como vuelan libres
Seda. Alessandro Baricco 

Hay mañanas grises y ocres, también silenciosas y ruidosas, y entre todo ello siempre está la posibilidad de enjugarnos la mirada con amaneceres a plena madrugada, que a fin de cuentas nuestra mente conoce de otros soles y otras lunas.  
 Así de repente, entre correos que me llegan y me llevan a viajar entre teclas desorientadas, me encuentro con un polaco y un egipcio, y parte de todo eso que me revuelve la mente “de vez en cuando”,  despierta este martes en la maravillosa sencillez de dos cuentos breves.
No conocía a Bruno Schulz, escritor polaco asesinado por los nazis, pero nuestra conversación llamada Los Pájaros”  se granjeó de futuro al ver esa imagen de la nieve como un manto raído, tenue. Sentí el gris de la frialdad imperfecta, de los días duros como el pan y del invierno que –desde mi imaginario panameño de lo que son días fríos- ralentiza las horas.  Así está el hombre de este cuento, el hombre del que su hijo habla. Este hombre no amanece transformado en bicho como Gregorio Samsa, este hombre se convierte, poco a poco, en pájaro. Tal vez se disipa el horror al asumir él mismo su  transformación, el cuerpo que albergará el espíritu de su existencia. Él cambia esa cotidianidad desabrida como hombre y pasa a ser más como la corneja; para ser más que un día, para mudarse a una nueva jaula. La jaula tiene alas, plumas y soledad plena. Un retorno a lo animal, a lo más atávico del símbolo. Se incuba una soledad multicolor. “Manía avícola” dice Schulz, la rutina del hombre-pájaro. Es el vuelo de transición a ser otro, a construir un paraíso de alas, plumas y color. Anidar, pajarear, migrar sin volar.
Pero es la mujer, no la esposa, sino la mujer capaz de crear un embrujo de alas, es ella quien le arranca las plumas, la mujer que baila “la danza de la destrucción”. El hombre-pájaro no pudo emprender el vuelo.  O quizá todo ha sido tan sólo alegoría del plumaje alborotado por el influjo de la mujer, Adela, la “frenética bacante”.  No sé, a mí me ha dejado pensando en muchas cosas. Quizá porque siempre he oscilado entre querer ser árbol, ave o mariposa.
Llega el turno de Naguib Mahfuz y su "Jardín de la infancia", un espacio que trasciende lo físico y al que siempre regresamos.  Cómo son las casualidades de la vida, que a medio vuelo de pájaro aterrizo con el cuento de Mahfuz, y en la introducción se cita a Pedro Martínez Montávez, famoso arabista contemporáneo, donde cual si se tratara de un poema al escritor egipcio, termina diciendo: Todos los pájaros aprenderán el camino que tú les enseñarás.” El  diálogo entre un padre y su hija en torno a las distancias religiosas, esas que desafían la lógica y se caen en su peso por lo absurdas, se reflejan en una niña angustiada porque está casi todo el tiempo con su amiga, excepto en clase de religión donde son separadas porque una es cristiana y la otra musulmana. El padre se llena de toda la pedagogía que cree posible para al final darse cuenta de que no tiene una respuesta que tranquilice a la niña, pues ésta, sin él siquiera notarlo le está jugando a la mayéutica. Aquel torrente de preguntas había removido interrogaciones sedimentadas en lo más hondo de sí.” Porque las dudas eternas, hijas de la evidencia de lo artificial, simplemente se adormecen por la madurez de lo “obvio”. Y en estos tiempos nada mal nos haría recordar que las identidades nos la vamos formando para ser, no para que nos asesinen ni el pensamiento ni el sentimiento.  
Aquí están los links para ambos cuentos:
 
Ilustración de Jun Komaori