
Esta primera historia, llamada “Nadie se va a reír” es un
cuento perverso, dónde el personaje principal – un profesor asistente de
Historia de la pintura, que aspira una cátedra en la Universidad – se ve
envuelto en una serie de situaciones incómodas, como consecuencia de dos
acciones que nunca pensó fueran a volverse un problema. La primera, una crítica de arte publicada en
una revista científica; y la otra, su manifiesto desinterés por hacer un
informe sobre un estudio escrito por el señor Zaturecky, que a nadie le
interesaba. La revista “Pensamiento
Artísitico” le había derivado la responsabilidad de rechazar el trabajo; y él,
un crítico de arte bastante ajeno a las complacencias egocéntricas que suelen
darse en los ámbitos artísticos en los cuales se elogian entre sí (o al menos no hablan mal del trabajo
del otro), como un pacto de caballeros, trató el asunto con desdén, pensando
que para el autor la cosa quedaría en el olvido.
Esta es la apuesta de la literatura, que a pesar del paso
del tiempo y de la aparente diferencia entre circunstancias históricas, las
situaciones son vigentes y son escritas con posibilidad de ser comprendidas más
allá del intelecto. Milán Kundera sigue
hablando sobre su dificultad como escritor en la Checoslovaquia de los años 70,
cuando la censura se ejercía no sólo en la prohibición de circular ciertos
textos, sino en la censura social con actitud pasivo-agresiva, en la que hasta la Junta
de Vecinos se incomoda al ver que el profesor se daba el lujo de no atender la
necesidad de un “camarada” de publicar un artículo mal hecho, con el sólo
propósito de “ser reconocido como científico” ante la sociedad.
Unas cuatro o cinco palabras nos hablan de la situación de
represión intelectual que vivía el autor, del poder institucional que reinaba
en la mediocridad y de la mojigatería que acuerpaba estos falsos baluartes de
la intelectualidad y el arte. Y sin
embargo, todo el cuento es para reírse, para reírse de lo increíblemente
absurdo que puede ser insinuarle al crítico el daño que le hace al Status quo y
por reclarmarle la humillación que recibe un plagiador por un trabajo lleno de
incongruencias, lo ridículo que puede ser juzgar la vida privada de una persona
en un Comité de Vecinos y lo incómodo que resulta discutir la redacción de un
estudio científico con una persona que no sabe leer.
Milán Kunderas dice que fue uno de los trabajos que más
disfrutó porque estaba en la época más feliz de su vida, pero no por el tono de
estos escritos dejó de ser crítico con el sistema. Tampoco deja de ser afilado para
señalar a la sociedad hipócrita y para que sus personajes digan las verdades
que a él la época no le permitió.
La historia - como dije - es vigente. No se logra salir ileso del trabajo del crítico de arte. Los pequeños mundos del arte creen que sus trabajos no son criticables, que una vez salidos de sus manos representan a la humanidad y están dispuestos a vengarse en la esfera social. El crítico que no da concesiones a las "figuras importantes" pasa a ser un indeseable, un paria que se va quedando sólo con su amargura y que seguramente es criticable desde la construcción social, porque su vida íntima suele ser el único elemento para combatirlo. Los centros de enseñanza privilegian la mediocridad, se basan en una meritocrácia que ni siquiera alcanza para sustentar sus decisiones. Se pierden buenos profesores que no están dispuestos a negociar el aprendizaje de sus estudiantes por acumular seminarios y diplomas vacíos. Todavía vale más la presión social, que el amor y el deseo de felicidad y lo último en lo que se interesa la sociedad es en la verdad.
Lo bueno es que leyendo El Libro de los Amores Ridículos, podemos reírnos.