
Aunque esta historia lanza muchos cuestionamientos, lo cierto es que también nos recuerda que una vez fuimos niños para asombrarnos, para absorver comportamientos de los grandes, y sobre todo para pensar que todo lo sabíamos imitar bien. Se sabe que si, que los niños - y no sólo estos intrépidos niños narrados por Claribel - encuentran sus propias explicaciones, que tienen sus lógicas particulares y que para ellos todo es un juego; pero es difícil pensar que podrían actuar una escena sexual sin los recovecos que le implantamos los adultos. Es decir, toda la cuestión mental y sentimental se ve simplificada en esta historia, que nos descoloca por su contundente veracidad.
La escritora usa principalmente el diálogo como recurso narrativo, y una diría que no cabe más nada, porque en cuestión de niños, cualquier interpretación queda sobrando. Sin embargo, cuando recurre a la narración de testigo, pareciera que se tratara de otro niño; ya que describe la situación casi que con igual inocencia. Es como si hubiera decidido dejar que una niña o un niño nos contaran esta historia desde su punto de vista.
Hay muy pocas palabras, como "alborozada", "implorando" y "exhaló", las cuales tal vez pudieran despistar de éste último dato, pero por lo demás, se deja leer como si fuera un relato infantil, pero domesticado con buen manejo del ritmo y estructurado para disfrutar el entorno veraniego de estas aventuras pueriles.